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Cuando los volcanes envejecen

hace 11 minutos
3 min de lectura

Hoy, 5 de noviembre, es el día de las personas cuidadoras. Desde Cuidar a quienes cuidan queremos hacer un reconocimiento a la labor que realizan estas personas: desgaste, culpa, obligación, amor, cansancio, sobrecarga, entrega... son solo algunos de los sentimientos y emociones que experimentan día a día las personas cuidadoras. En el libro que en esta entrada os compartimos, se muestra su realidad.


Observando la forma de los volcanes canarios, aquellos afectados por la erosión y la inactividad, es donde encuentra Javier Yanguas el título de su libro “Cuando los volcanes envejecen”, una metáfora sobre el envejecimiento que escribe en primera persona, la de su hermana a modo de homenaje y consideración, a la que suma todas las personas cuidadoras, que, como ella, lo hacen día a día de manera anónima. A través de los subtítulos, nos acerca al propósito del libro, como él señala «un libro de lo invisible, cotidiano, pequeño», que pretende «ser una historia colectiva», «[…] que cada uno de nosotros lo integre en su propia vivencia, un libro diferente para cada lector que se acerque a él».

Javier Yanguas nos relata, a modo de cuaderno de bitácora, el transitar en la vida de su madre tras el ictus que sufre, y la repercusión en la de su hermana y la de su familia, ya que «transforma tus proyectos, cambia los deseos, abre una grieta en el alma difícil de sanar», ante lo que nadie está inmune cuando ocurre en primera persona.


A lo largo del libro nos habla del sentimiento de vulnerabilidad, de la empatía y de la compasión, y recoge la etimología de todas esas palabras en una profunda definición de lo que supone para él cuidar: «tener una actitud de preocupación y responsabilidad con alguien que te importa, comiendo de su mismo pan y sufriendo con ella».


Este recorrido en el cuidado, «[…] con muchas preguntas y pocas respuestas», se transita a lo largo de un camino en el que los sentimientos y pensamientos se entremezclan, se enmarañan, ya que el cuidado conecta con la dureza y profundidad de la vida, con las contradicciones, debilidades, límites, con lo mejor y lo peor de la propia persona. Para él, «el cuidar de una persona [con demencia] es aprender de nuevo a amar», «aceptar la persona que es ahora y olvidarse del pasado».


Así pues, habla del miedo, de las pérdidas, del sacrifico, de la culpa, de la frustración, de la soledad del que cuida y de la persona cuidada, y señala el papel de los profesionales, en ocasiones de su falta de sensibilidad, de las carencias del sistema para apoyar, asesorar, acompañar y atender las necesidades, en especial de aquellas que cuidan.


Pero también nos habla de la aceptación, del apoyo mutuo, de la esperanza, de lo que el cuidado les ha enseñado, para darle un sentido si cabe: la conciencia de la propia vulnerabilidad y de los límites como personas que cuidan, de la importancia de fomentar la flexibilidad, de pedir ayuda, de perseverar y no abandonar, de vivir el presente, del deber cumplido, de la liberación, del agradecimiento…


El libro finaliza con un último capítulo, en el que el autor nos invita a reflexionar con una mirada hacia nuestro interior, sobre cómo querremos que nos cuiden, y de si lo hemos hablado con las personas de nuestro entorno.

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